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jueves, 23 de abril de 2026

Ormuz o la economía del conflicto permanente

 

'Ormuz o la economía del conflicto permanente'- Artículo de opinión de Rodrigo Rato en Expansión.com: https://www.expansion.com/opinion/2026/04/24/69eb4c59e5fdeacc338b457d.html 

sábado, 22 de marzo de 2025

Simple, claro, falso

 Rodrigo Rato 

23 de marzo de 2025 


Estamos antes situaciones muy complejas, que los europeos hemos delegado durante cuatro generaciones a un poder extranjero.

Una vez más la Unión Europea se acerca a un problema complejo y vital equivocando su enfoque, en este caso su seguridad más o menos separada de los Estados Unidos. El resultado puede volver a ser un planteamiento simplista e insostenible en el tiempo. Ya nos ha pasado con el cambio climático, cuando decidimos solo tener en cuenta las cuestiones medioambientales, además simplificadas en extremo, ignorando las realidades energéticas y económicas. El resultado es que hoy tenemos que ignorar o retrasar «sine die» nuestras propias normas, siendo incapaces de hacer al resto de los países tomar decisiones equivalentes.

En otro tema del mismo calado, la inmigración masiva, los gobiernos europeos han pasado de la total permisividad al confinamiento  forzado en terceros países de los inmigrantes ilegales. Las necesidades laborales de sectores enteros, la importancia de atraer inmigración cualificada o formarla, son una y otra vez simplificadas en exceso. Desgraciadamente, a otras sociedades desarrolladas les sucede cosas parecidas, pero no a todos.

La guerra de Ucrania, junto con la doble actitud de la  nueva administración norteamericana de aceptar una zona de influencia rusa en sus vecinos más próximos y poner en duda su disposición a mantener un paraguas protector militar sobre Europa, ha dado paso a un frenesí de cumbres políticas. El mensaje inequívoco que se plantea es la necesidad de aumentar el gasto europeo en Defensa, reclamado por los norteamericanos desde al menos George W. Bush, hace más de 20 años.

Para una UE con un stock de capital de entre 66 y 75 billones en 2023, llegar a 400.000 millones anuales de gasto militar es desde  luego posible, lo que supondría 5 veces más  que lo invertido por Rusia en tiempos de paz. Por suerte, la vieja distinción entre mantequilla y cañones es hoy mucho menos dramática, cuando los activos de doble uso forman cada vez más parte de la defensa, desde los drones a las instalaciones cibernéticas. Aquí no hay un problema insoluble y sí mucho negocio. Aunque todo gasto tiene límites financieros y, con los actuales niveles de deuda pública, ese momento no está lejano. Lo mismo les sucede a Estados Unidos y desde luego a Rusia.

Cuestión distinta es la dependencia tecnológica de Estados Unidos. Aquí la UE puede, y quizás debe, cerrar en todo caso su  déficit tecnológico, como describía el «Informe Draghi» antes de la vuelta de Donald Trump. No hay que olvidar una realidad, el mercado europeo es esencial para las tecnológicas norteamericanas de todo tipo, sin  que exista otro del mismo tamaño y profundidad, salvo China. La UE necesita movilizar sus recursos financieros privados, haciéndose más atractiva a la inversión de su propio ahorro, como Suecia ya está haciendo. Lo que indica que es posible hacerlo en  Europa. Bienvenido Trump si es la causa  que nos obliga a aumentar nuestra inversión privada, con 20 años de retraso.

Hay dos temas hasta ahora poco mencionados donde radican los verdaderos problemas para una defensa autónoma de Europa. Se mire como se mire el mayor riesgo de seguridad para la UE viene de Rusia,  lo que no quiere decir que no puedan existir otros intereses hacia un país rico en materias primas. Rusia tiene el mayor número de cabezas nucleares, 6.000, algo determinante por sí solo en temas de defensa y seguridad. La UE solo tiene un miembro con armas nucleares, Francia, pero con menos del 10% que Rusia. Añadamos las del Reino Unido y seguimos con un número muy menguado. Aquí llega el segundo tema de fondo.  ¿Quién decide militarmente? Ahí radica el gran papel de la Alianza Atlántica. Europa  aceptó que fuera el Presidente de Estados Unidos, la última instancia de seguridad, seguramente inevitable en 1945. Solo de Gaulle se negó a aceptar esa dependencia. Felipe González propuso no entrar en la estructura militar también en nuestro referéndum de la OTAN en 1985. Nunca lo cumplió y nadie lo ha reclamado desde entonces. Desde 1946, el mando militar supremo de la OTAN ha sido un general norteamericano en activo.
 
Durante todos estos años los militares europeos han trabajado conjuntamente y bien. Desde los años 1960, 25 barcos con armas nucleares norteamericanas y tripulaciones multinacionales han patrullado por el Atlántico. Ahora el Presidente francés, Emmanuel Macron, ha ofrecido su escasa cobertura nuclear a sus socios, sin precisar quién tomaría la última decisión, que conociendo a los franceses no es difícil de imaginar. ¿Pero estamos preparados para que un general francés decida la seguridad del flanco sur o del mar Báltico? O cualquier  otro ejemplo con alemanes, daneses, suecos, griegos, españoles o italianos.

El Kremlin y el Pentágono conocen estas dos cuestiones con certeza. Los primeros esperando la ansiada desunión europea y los segundos que traguemos con todo. Ninguno de los dos le conviene una Europa con 2.000 o 3.000 cabezas nucleares, diseminadas por varios países, y puede que ante esa posibilidad sus posiciones cambien, ante la sorpresa de un UE realista y  resolutiva. Es probablemente nuestra única  baza con los dos. Las cosas a veces no tienen arreglo, pero sí solución, mala o peor. Es inútil pretender que todos puede ser claro y simple. Rusia y Estados Unidos creen que los europeos son incapaces de aceptar realidades difíciles, de ahí su menosprecio.

Estamos ante situaciones muy complejas, que los europeos hemos delegado durante cuatro generaciones a un poder extranjero, ahora cada vez más distante y extraño. La cuestión no es tanto si contamos con medios materiales como si tenemos voluntad de aceptar nuestra realidad de seguridad, empezando por las armas nucleares y un sistema efectivo de decisión militar.

Para ello, los cientos de parlamentarios y las decenas de políticos europeos nonos ayudan si todo es una vez más claro, simple y falso.


viernes, 7 de marzo de 2025

Saturación legislativa

 Rodrigo Rato

7 de marzo de 2025 

¿Hemos llegado 250 años más tarde a tener que preguntarnos si el gobierno del pueblo es posible con tantas asambleas? Mi opinión es que no. 

Dos personas tan distantes y distintas como Elon Musk, sudafricano nacionalizado norteamericano, y Mario Draghi, italiano, en un plazo de semanas han planteado la necesidad imperiosa de reducir la regulación y la burocracia. El primero, industrial y tecnológico, al parecer el hombre más rico del mundo, ha planteado rescindir miles de contratos de funcionarios del Gobierno federal norteamericano; el segundo, aumentar el gasto público en la Unión Europea en 800.000 millones de dólares por año. Same, same,but different.

Los dos apelan a reducir la regulación. Característicamente, uno es norteamericano y el otro europeo. El plan de Musk ha comenzado lleno de dificultades, con el objetivo inmediato de reducir más de 10.000 funcionarios. El informe Draghi ha dado lugar a otro informe Von der Leyen, pese a que el italiano cifra el coste de la regulación en la UE en 130.000 millones de euros.

Independiente de la indiscutible relevancia personal e intelectual de los dos, su denuncia del exceso de regulación no es nueva. Ganaderos de Castilla y León, pequeños empresarios catalanes, la patronal de la construcción alemana, la asociación europea de coches, o la del acero llevan años advirtiendo de la casi imposibilidad de hacer negocios en Europa. Cómo será la cosa que Christine Lagarde y Ursula von der Leyen, ambas líderes de grandes burocracias, han firmado un artículo en inglés denunciando "el riesgo existencial" al que se enfrenta la UE. Frase ya utilizada por Draghi en su informe. Como reacción a Trump, la Comisión ha anunciado que va a anular decenas de normas, eso sí con base en una nueva.

Para que no falte nada, la revista The Economist ha dedicado un número reciente al tema. Pone de relieve que en Norteamérica se dedican 12.000 millones de horas por año al cumplimiento de las normas federales, lo que genera 140.000 millones de formas. En España se añaden 8.000 nuevas normas al año, procedentes de todos nuestros parlamentos y un total de 125.000 leyes en vigor, según fuentes jurídicas. Es más rentable comprar un autobús nuevo en Málaga que trasladar uno usado desde Cataluña, según fuentes del sector. El llamado Pacto Verde europeo requiere más de 70 leyes nuevas, cuando ya cabe preguntarse si queda algo por regular en Europa. Para colmo, la propia UE va a declarar exentos de su tasa exterior al carbono a más del 80% de los afectados. ¿No sería más lógico abolirla?


Poder real vs poder ciudadano

Cuando a finales del siglo XVIII los revolucionarios norteamericanos y franceses establecieron sus respectivas asambleas, eran la contraposición al poder real frente al de los ciudadanos. En España lo hicimos en Cádiz en 1812. Casi toda Europa se pasó el siglo XIX en luchas para hacer a la democracia y el parlamentarismo triunfar. Realmente, hasta mediados del siglo XX no triunfaron los parlamentos democráticos. En la península ibérica hasta los años 1970.

Pero en muy poco tiempo, cada pocos cientos de kilómetros en Europa y Norteamérica, incluido Canadá y México, hay una asamblea legislativa plenamente operativa todo el año. Sólo conozco el caso de una responsable regional, la española Dolores de Cospedal, que plantease reducir los meses de trabajo de la Asamblea de Castilla-La Mancha. No triunfó, desde luego, bajo el argumento que menos asambleas es menor democracia.

¿Hemos llegado a la saturación legislativa? Eso parece cuando los ganaderos declaran que no son los impuestos, ni los precios, ni los lobos, los que les obligan a cerrar, sino el exceso de regulación. Además, muchas normas afectan al mismo supuesto de manera distinta. El fin de la seguridad jurídica que requiere saber que conducta concreta es exigible en cada caso. Donald Trump en su primer mandato prometió quitar dos regulaciones por cada nueva aprobada. Fracasó. La pregunta es si un parlamento abierto es capaz de no regular. La respuesta es no.

Cada vez que sucede algo malo, los políticos prometen una ley nueva para hacer imposible que vuelva a suceder. A lo que hay que añadir una distinta por cada parlamento existente. ¿Hemos llegado 250 años más tarde a tener que preguntarnos si el gobierno del pueblo es posible con tantas asambleas? Mi opinión es que no.

Nuestros antepasados medievales tenían también asambleas por cada reino. Pero aquellas sólo aprobaban los gastos e impuestos que demandaba el rey respectivo. Estaban abiertas unos meses. ¿Podrían la mayoría de las actuales sólo discutir presupuestos y controlar a sus correspondientes gobiernos? Eso quizás no daría para vivir sin otro trabajo, y desde luego sin un asistente. Es una tontuna sólo pensarlo. Musk y Draghi lo tienen imposible. Nosotros también. Ningún parlamento existente dejará de legislar ni un solo día.

Pero quizás nos den el silencio positivo generalizado, la responsabilidad patrimonial automática de la Administración, la valoración real de dilaciones indebidas, la prohibición con multa de pedir los papeles que ya tienen, el fin de la cita previa, la calificación de delito flagrante por faltar a la verdad a sabiendas en el ejercicio de una actuación pública y cosas así. Sí es posible a nivel europeo, por si acaso, para tenernos un poco más contentos. Nos lo merecemos.

jueves, 30 de enero de 2025

Guerras y fronteras

 Rodrigo Rato 

 31 de enero de 2025 


Quizás no siempre lo tenemos  presente, pero todas las guerras acaban con cambios de las fronteras. El perdedor cede territorio, el ganador lo contrario, pero también países terceros pueden beneficiarse. Estos cambios de fronteras pueden ser definitivos o no, en este caso son  la simiente de una próxima guerra. Con flagraciones grandes o pequeñas, mundiales o  regionales, la ganancia o pérdida de territorio define los resultados para los países enfrentados. Siempre ha sido así. Hoy lo será también.

En las dos guerras actuales más seguidas por la opinión pública todo apunta  que se cumplirá el precedente. Ucrania  perderá territorio, Israel lo ganará. Esto  ya lo sabemos. Para empezar, la guerra  en Ucrania empezó por una invasión  rusa, que había sido precedida por la anexión de Crimeaen 2014, junto con una guerra en las cuatro regiones ahora anexadas. Sin embargo, el motivo principal esta vez no era solo aumentar territorio a las zonas de población de habla rusa, sino sobretodo evitar la incorporación de Ucrania a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica. En estos extremos no es claro que Rusia resulte ganador, de momento al menos.

Efectivamente, en esta guerra de momento la OTAN ha incrementado territorio. Finlandia, Suecia y el mar Báltico eran territorios neutrales antes de febrero del 2022. Hoy son territorio OTAN. Rusia tiene ahora más de1.500 kilómetros de frontera con la Alianza que antes no tenía. A lo que hay que añadir un considerable aumento en gasto militarpor parte de la Unión Europea, que acaba de anunciar 500.000 millones de euros adicionales en los próximos años, a los que tendrán acceso empresas norteamericanas, que ya se beneficiaron de la venta de gas perdido por Rusia. Un ganador claro de lo sucedido hasta ahora. 

Todo esto hace muy complejo el final estable de esta guerra. Por un lado no es fácil que Ucrania recupere mucho territorio ahora ocupado por Rusia. En estos momentos son estos últimos los que están avanzando con clara superioridad en el número de tropas y en la capacidad aérea de ataque. Como  hace 60 años en Vietnam, Estados Unidos ha aplicado el concepto de guerra limitada, con los mismos resultados. La Unión Europea ha seguido esa misma estrategia.

Por otro lado, resultaría muy difícil para la UE aceptar una capitulación total ante Rusia, independiente de lo que pretenda la nueva Administración de Trump. Tampoco será fácil para Rusia aceptar una Ucrania más pequeña pero dentro de la UE y mucho menos dentro de la OTAN, quedándose a cambio con unos terrenos devastados, que en parte ya controlaba antes de 2022, una eco nomía duramente castigada y con más de700.000 bajas entre muertos y heridos. El esfuerzo económico ha situado su gasto militar en el entorno del 8% de su producción nacional, que le genera inflación y devalúa el rublo, a lo que hay que añadir una creciente dependencia de China. No es fácil anticipar un final estable y constructivo a esta guerra, aparentemente con los dos contendientes peor que al comienzo.

Al otro lado del Mediterráneo, Israel ha ganado militarmente en los tres frentes: Gaza, Líbano e Irán. Esta guerra con un ataque de Hamás, en una situación próxima a la asfixia de los dos territorios palestinos. Ahora esclaro que Israel ocupará una parte adicional de Gaza y de Cisjordania, que acabará con nuevos asentamientos judíos. La viabilidad material de un Estado Palestino se ha reducido, con más del 80%de la infraestructura en Gaza destruida, sin perspectivas de recuperación. La pretensión de tropas internacionales en esos territorios para garantizar la convivencia resulta de momento una quimera, que ni siquiera los países del Golfo contempla 

En el Líbano, es posible que Hizbulá sobreviva como ente político. Otra cosa será su capacidad militar. Israel mantendrá una presencia en ese territorio que antes no tenía y una posible influencia política en el Líbano, no distinta de la que durante años tuvieron Siria e Irán. Este último no ha perdido territorio, pero sí sus más importantes aliados: Hamás, Hizbulá y Siria. Veremos qué les pasa a los iraníes, chiitas, rodeados de sunitas y una economía comatosa.

Israel además ha reaccionado a los recientes cambios en Siria aumentando su ocupación, incluso más allá de la zona desmilitarizada. Así, no hay duda de quién ha ganado y perdido en esta guerra. Otros jugadores como Turquía, los kurdos e incluso Arabia Saudí, todos ellos más o menos enfrentados a Irán, pueden ganar algo con la nueva Siria, que nadie sabe si será viable o no. Rusia no ha podido jugar un papel en estos acontecimientos, un coste más de su aventura en Ucrania.

Por desgracia, el pueblo palestino es el gran perdedor una vez más, con Tel Aviv victoriosa y más nacionalista que nunca. El  riesgo es una situación ingobernable en los Territorios Palestinos. Aunque queda por ver si eso no es lo que se busca para producir un éxodo masivo, que afectaría sobre todo a la UE, que carece de relevante influencia en la zona. Al contrario que en Ucrania, Israel ha actuado sin límites desde sufrirel ataque del 7 de octubre de 2023. El respaldo norteamericano tampoco los ha tenido.

El único pasivo será el prestigio internacionaldel Estado judío. Pero como decían los romanos «¡Ay del vencido!»

miércoles, 28 de agosto de 2024

ESPERANDO A LA SEÑORA HARRIS O AL SEÑOR TRUMP

 

Rodrigo de Rato     

29 de agosto de 2024            

Trump quiere poner aranceles para bajar impuestos y Harris introducir controles sobre los precios. 

Puede que se nos olvide, pero cada cuatro años los norteamericanos eligen su presidente. En 2024, miles de millones de personas han hecho igual a lo largo y ancho del mundo, desde India a Argentina. Incluso en Rusia o en Venezuela han tenido sus elecciones. Pero, con todos los respetos, las elecciones norteamericanas son las más importantes. La primera economía del mundo, con el 50% de los mercados financieros globales, la moneda reserva, más de 90 países con bases militares, la mayor potencia militar, convencional y atómica... Pero también en artes, saber, investigación o deporte, lideran.  

Nada nuevo desde los primeros años del siglo pasado. Las elecciones norteamericanas de 2024 suponen, sin embargo, un cambio de presidente en todo caso. No había sucedido desde 1978, cuando Lyndon B. Johnson renunció a presentarse de nuevo. Entonces, la guerra de Vietnam y una incesante deuda pública esperaban a su sucesor, Richard Nixon. Los norteamericanos, con él, abandonaron más pronto que tarde Vietnam del Sur y desligaron al dólar del oro con la misma rapidez. 

En 2025, Estados Unidos puede tener planteados dos conflictos militares, Ucrania y Gaza. El primero está estancado y desangrando a los dos contendientes. EEUU se acaba marchando de muchas guerras, aunque los europeos tengamos otra experiencia. Creemos saber que Trump es lo que hará en este caso, si puede. Harris es aún una incógnita. Los más afectados somos europeos y rusos. A los dos nos vendría bien un cambio de situación, lo que puede no suponer una paz duradera, pero sí el fin de la carnicería y de la ruina para Ucrania y Rusia. 

Por buscar precedentes, en 1980 Irán liberó a los rehenes norteamericanos antes de la llegada de Ronald Reagan, con el que acabó haciendo contrabando de armas. Pero también Reagan respaldó una terrible guerra Iran-Irak: diez años y un millón de muertos. Es previsible que tanto Harris como Trump prefieran tener el tema decidido antes de llegar, que Biden busque dejarlo cerrado, lo que no supone que el remedio sea peor que la enfermedad. 

El caso de Gaza afecta a uno de los más estables compromisos norteamericanos, equiparable a Europa hasta ahora. La defensa de Israel es todavía hoy un tema de acuerdo entre republicanos y demócratas. Aquí Trump demostró en su primer mandato una posición claramente proisraelí, promoviendo una alianza entre judíos y sunitas, el acuerdo de Abraham, que el ataque de Hamás del 7 de octubre ha conseguido detener. Es fácil aventurar que con Trump las cosas seguirán ese camino, que por cierto Biden continuó. El todavía presidente busca un alto el fuego. Pero la catástrofe humanitaria en Palestina y la cada vez más intolerante actitud israelí en los asentamientos y hacia un posible estado palestino auguran una difícil relación con un presidente demócrata. No sería la primera vez. Clinton, Obama e incluso Bush II las tuvieron pésimas. Este tema es aún más difícil de solución que Ucrania, en el que las partes beligerantes al menos no dicen querer aniquilar al contrario. 

El mundo no es el de 2016, cuando Trump llegó a la Casa Blanca. Ucrania ha producido una alianza de Rusia con China, Corea del Norte e Irán que no existía entonces. Esa alianza tiene aspiraciones políticas y económicas globales. Otra novedad es que el llamado Sur Global ha aprendido a jugar con las contradicciones de los dos bloques, como el relativo fracaso de las sanciones a Rusia han puesto de manifiesto, aunque estas medidas corroen lentamente las economías, si no que le pregunten a Irán o a Cuba.  

La antes descrita estrategia de Trump en el conflicto árabe israelí tampoco está libre ahora de graves limitaciones por el conflicto y la situación de Gaza. Trump presume que con él no empezó ninguna guerra.

Ahora, le guste o no, tiene dos y... Taiwán. Su al parecer firme decisión de no contar esta vez con personas con experiencia superior a la suya no reafirma la confianza en un mundo bien distinto que en 2016.

Harris no es Biden. Tiene menos años, seguro, pero poco sabemos de lo que opina sobre el mundo o incluso de la economía norteamericana . A diferencia de Trump, ella parece confiar en el establishment demócrata, pero como decía Harry Truman "la pelota se detiene aquí". Que hará Kamala Harris con el mundo es una incógnita, como lo es que hará el mundo con ella. Desde Obama, Estados Unidos busca centrase en Asia y en especial en China. Obama, Trump y Biden lo han intentado, pero la realidad ha resultado más difícil.

La existencia de una alianza relativamente compacta alrededor de China, con coqueteos con Brasil, México e incluso India, indican que Pekín sabe aprovechar sus oportunidades. Trump no tuvo que buscar alianzas. No era lo suyo. Biden ha sido mucho más fino después de 60 años de experiencia. Bush II demostró que un presidente norteamericano impetuoso puede acabar provocando graves crisis militares y financieras al mismo tiempo. Seguramente a eso juegan los chinos y sus aliados. Una próxima presidencia fallida de Estados Unidos puede ser un difícil trago para Occidente, y eso no lo evitan las fortalezas innegables de ser el primer país del mundo.

El dólar ya no está ligado al oro. Si lo estuviera, el futuro presidente rompería esa ligazón sin ninguna duda, con déficits públicos del 6-7% casi crónicos. Trump y Biden han gastado mucho para salir de la pandemia, primero, y para después garantizar el predominio financiero y tecnológico norteamericano, lo que han conseguido con una gran cantidad de deuda, cuyos intereses caminan a sobrepasar el presupuesto de defensa. Pese a todo ello, en términos financieros, de empleo y económicos está mucho mejor que los demás.

En los últimos 24 años, la zona euro ha perdido competitividad frente a EEUU, que crece tres veces más desde el Covid; China está instalada en una crisis inmobiliaria inmensa con serios riesgos de deflación. Además, su modelo de crecimiento basado en la inversión de bienes y su exportación es insostenible. Estados Unidos es, además, exportador neto de energía y el líder indiscutible de las nuevas tecnologías. Por cada euro que las empresas alemanas invierten en casa, llevan diez a Norteamérica. Sea quien sea el próximo presidente, hereda una economía muy potente. Trump quiere poner aranceles para financiar sucesivas reducciones de impuestos. Harris introducir controles de precios para proteger la cesta de la compra. Nadie cree que puedan hacer ni una cosa ni otra, lo que no augura que no lo intenten. Sobre el cambio climático, donde EEUU es el segundo emisor de CO2, nada se puede esperar de Trump. Harris seguirá las huellas de Biden: energías renovables hechas en casa.

Parece imposible que la mayor y mejor economía del mundo, con los mejores talentos públicos y privados a su servicio, ofrezca semejantes recetas. Su sector privado, empresarial, tecnológico y financiero, confía al parecer en que los lobbies controlan los posibles daños. Máxime si, como hasta ahora, ningún partido controlara las dos Cámaras. Los demás países tendrán que hacer lo propio. Hacer lobby en Washington es algo conocido y practicado.

Es reconocido que el más importante debate electoral televisivo fue el primero, Nixon contra Kennedy. Los que lo oyeron por radio dieron por ganador al primero, los que lo vieron por televisión al segundo, que fue quien ganó aquellas elecciones. Pero el debate Trump-Biden de finales de junio de 2024 ya pasará a la historia por provocar la retirada del segundo y puede que la derrota del primero. Si Trump fuese la mitad de listo de lo que él se cree, nunca hubiera aceptado debatir hasta después de la convención demócrata. Ya decían nuestros antiguos griegos que con el destino no pueden ni los dioses. En todo caso, lo único seguro en este tema es que dentro de cuatro años habrá otra vez elecciones presidenciales norteamericanas. Mucho más, en estos momentos, no sabemos.

Rodrigo Rato, ex vicepresidente del Gobierno, exdirector gerente del FMI y expresidente de Bankia
                                                                                                       

sábado, 29 de abril de 2023

El Estado mandarín

 Rodrigo Rato 

30 de abril de 2023 


En España la administración que nos controla está en el siglo XXI, pero la que nos responde está en el siglo XIX.

A finales del siglo XVIII, la aparición del ciudadano como sujeto de derechos frente al poder produjo un cambio radical del paradigma político. Con los derechos no desaparecieron los deberes. Los ciudadanos siguieron pagando impuestos, buenos o malos, siendo soldados, y respetando la autoridad y las leyes, ahora sí de su Nación representada por un Estado, siempre poderoso pero no impune, al estar sometido a las leyes. Y ahí seguimos en el tercer siglo de las Naciones, los Estados y el poder radicado en el pueblo.

El Estado apareció para suplantar al aparato que servía a los reyes, para aplicar y defender las leyes en beneficio de todos los ciudadanos por igual. Sus servidores, los funcionarios, fueron ganando independencia para poder defender el llamado bien común de todos. Nada requería que fueran omnipotentes, aunque sí poderosos frente a los fuertes. Mucho menos que fuesen impunes, sino al contrario sometidos a las leyes y al servicio de los ciudadanos. Todavía menos, inaccesibles: al contrario, el Estado era del pueblo y respondía ante él. En la España de hoy la situación es todo menos ideal.

Hoy la creación de la cita previa y su colapso efectivo hacen prácticamente imposible el acceso del ciudadano a aclarar muchos de sus asuntos con la Administración, frente a un sistema regulatorio omnipresente y en perenne expansión. España genera 8.000 normas al año (ver informe del Colegio de Gestores de marzo de 2023, según el cual el 92% de las citas previas fracasan).

El tiempo del ciudadano está sometido a la Administración, ultra protegida por un silencio negativo generalizado. Situación que nunca sucede a la inversa cuando al ciudadano se le pasan los plazos. Con uno de los sistemas judiciales más lentos de Europa, la Administración nunca es condenada en costas reales, ni siquiera cuando las sentencias confirman el incumplimiento de las leyes por su parte. La falta de pago en costas por la Administración acusadora hace que la defensa de sus intereses sea implantable para la mayor parte de los ciudadanos, en un sistema judicial con tiempos decimonónicos y precios de Wall Street. La Administración puede perder sin plazo, el ciudadano de a pie no puede plantearse la financiación necesaria para ganar. Mucho se perdió cuando los funcionarios pasaron de servir prioritariamente al ciudadano a defender al Estado.

Funcionarios poderosos ya nos lo describe la Biblia. Nada nuevo bajo el sol. En nuestra época moderna hemos buscado garantizar su independencia, blindando sus empleos frente a los cambios políticos e incluso la propiedad sin límite de plazo de sus puestos profesionales, si voluntariamente deciden dejar por un tiempo la Administración. Un privilegio muy limitado en el sector privado. Ya en la China milenaria de Confucio se elegía para servir al Emperador a aquellos capaces de superar pruebas de saber y conocimiento muy exigentes. También allí los mandarines acabaron siendo una casta todo poderosa e inalcanzable. Nada pasa si la Administración ignora la jurisprudencia que pueda favorecer al ciudadano en un caso específico y mucho menos si incumplen los plazos legalmente establecidos. Todos ellos privilegios inexistentes para el ciudadano. En las sociedades democráticas representan bloques compactos de votos, imposibles de ignorar en los cálculos electorales de los partidos políticos.

En la época de la digitalización, la inteligencia artificial, la computación cuántica y el blockchain, los empleos privados están sufriendo desde hace años profundas y aceleradas transformaciones, en las que desaparecen actividades profesionales tradicionales, muchas de ellas relacionadas con la intermediación y la burocracia. Sin noticia de esa transformación en el sector público donde por sus características, antes descritas, hacen imposible cambios inmediatos. ¿Han oído ustedes hablar de algo parecido a un libro blanco de la digitalización de la Administración para su reducción y agilidad medible, más allá de la super eficiencia que demuestra en los cobros al ciudadano? En España la administración que nos controla está en el siglo XXI, pero la que nos responde está en el siglo XIX.

Solo la implantación de nuevos incentivos eficaces y eficientes produciría el cambio. En el sector privado es la competencia global la que garantiza las transformaciones, algo imposible en el sector público. En este podrían jugar ese papel la transparencia, aplicar un coste efectivo a los plazos y el pago de costas por los errores cometidos. Si Correos, como antes Amazon, nos informa de dónde se encuentran nuestros pedidos, ¿por qué no podemos conocer dónde, desde cuándo y quién tiene nuestros expedientes? Convertir la cita previa en una opción y no en una obligación y una barrera de acceso; generalizar el silencio positivo y, cuando no sea posible, establecer créditos automáticos por plazos excesivos, incluidos los tiempos procesales; establecer la condena en costas reales obligatoria cuando la Administración acuse equivocadamente. Todo es posible legalmente y debería serlo financieramente en unos Presupuestos Generales del Estado con unos créditos totales de 640.000 M €, de los que la Autoridad Fiscal Independiente afirma que hay un 10% de exceso. Los millones de euros que los ciudadanos perdemos ante esta Administración son parte esencial del estancamiento real durante más de 18 años de nuestras rentas. Dos siglos largos del Estado moderno han traído muchos derechos y beneficios al ciudadano, que no deben perderse para el ciudadano español cuando necesita hoy que alguien le responda, aclare o decida sobre muchos de sus derechos. Sí se puede.


miércoles, 22 de febrero de 2023

La liquidez es la reina

 Rodrigo de Rato 

23 de Febrero de 2023.  

No es fácil encontrar un periodo de la economía reciente en que la creación de liquidez haya sido no sólo más intensa, sino también menos criticada, que entre 2008 y 2022. Desde luego, en los años 1970 la expansión monetaria para financiar un creciente gasto público fue tremenda, y al final hizo saltar el patrón oro. Entonces, las voces monetaristas advirtieron anticipadamente de los crecientes riesgos. Esta vez, las heridas de la austeridad, aplicada tras la crisis de 2008, hicieron inasumible a los críticos adoptar la posición de Pepito Grillo, al menos en las economías más desarrolladas.


La Gran Moderación, que se inició a mediados de los años 1990, convenció a todos de que estábamos ante un nuevo paradigma respecto a la inflación, que esta vez sería diferente, ¡cómo no! Pero, por desgracia, ha acabado como siempre, plus ça change plus c'est la meme chose: las expansiones monetarias acaban en inflación. La combinación de expansiones monetarias y fiscales como reacción a la pandemia del Covid-19 debió de ser algo limitada en el tiempo, pero la tentación de no dejar a nadie atrás, extendiendo las ayudas a 2021, fue políticamente irresistible; una vez más, sobre todo en las economías más avanzadas. Incluso sus bancos centrales, como la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, se planteaban en otoño de 2020 dejar subir los precios durante un tiempo sin reaccionar, habida cuenta de los años transcurridos con inflaciones sensiblemente por debajo del 2%. La lección aprendida treinta años antes de que la anticipación había resultado clave a la hora de reducir la inflación fue sustituida esta vez por la promesa de actuar a posteriori. Un ejemplo innegable de la tendencia a substituir lo que funciona para demostrar que se hace algo. Es imposible no apreciar un error de fondo en los análisis de los banqueros centrales, sus funcionarios y los que comentan sus políticas. Otro más en la cadena de pérdidas de prestigio macroeconómico por parte de Occidente en lo que va de siglo.


No olvidemos tampoco las consecuencias regulatorias de la crisis financiera de 2008, limitando el papel de los bancos privados en la creación de mercado; es decir interviniendo por su cuenta, lo que ayudaba a la existencia de liquidez. Este cambio dejaba a los bancos centrales solos ante la posibilidad de faltas de liquidez, con el sector privado imposibilitado. Ya en septiembre de 2019, la Reserva Federal tuvo que reactivar la compra de bonos públicos ante la repentina sequía en los mercados monetarios; en marzo de 2020, cuando se decretaron las primeras restricciones como consecuencia del Covid, tuvo que volver a intervenir para hacer frente a una emergencia de liquidez; el Banco de Inglaterra lo tuvo que hacer el pasado mes de septiembre; ya veremos qué sucede el próximo verano si el Congreso norteamericano no eleva a tiempo el techo de deuda...


Gran distorsión del riesgo

La compra masiva de deuda pública, primero para evitar la deflación en 2008 y después para ayudar a las economías durante el Covid, se ha prolongado en Estados Unidos más de diez años, y en la Unión Europea, casi lo mismo. Una política que ha provocado una gran distorsión del riesgo y la disciplina fiscal, producida por la intervención pública. Como casi todo lo aparentemente fácil, resulta más sencillo poner en marcha esas compras que retirarlas, ya que tiene efectos desconocidos y reverberaciones para el sector público, pero también para el privado. Máxime cuando coincide con una intensa subida de los tipos de interés, consecuencia de haber reaccionado tarde a las presiones inflacionistas de 2021. No se trata de flagelarse por errores que en su día pudieron parecer necesarios, pero es importante al menos no ocultarlos para saber de dónde venimos, un dato decisivo para poder intuir a dónde vamos.


También en esto la UE va por detrás de EEUU. Será este mes de marzo cuando el abultado balance del BCE, de casi 8 billones de euros, empiece a disminuir en 15.000 millones al mes. Europa necesita más que Estados Unidos a los bancos privados para la financiación de su economía. Inevitablemente, con inflaciones muy superiores al objetivo del 2%, reducir las presiones de precios exigirá una liquidez muy restringida, si no negativa, como ya está sucede en EEUU, y durante un largo periodo de tiempo. El propio BCE habla del año 2025 para alcanzar la normalidad, lo que no cuadra con la petición de inmediatez de nuestras sociedades. Para colmo, no debemos olvidar que las consecuencias de políticas monetarias restrictivas son siempre rechazadas por esas mismas sociedades. Ante el hecho de los crecimientos negativos actuales de la liquidez en EEUU, la evolución de la economía en el segundo semestre puede ser difícil al otro lado del Atlántico. En la zona euro, la liquidez va cayendo, sin entrar todavía en terreno negativo.


No estamos habituados a economías cortas de liquidez desde que los bancos centrales asumieron la estabilidad de financiera entre sus objetivos hace más de 20 años, frente a unos mercados financieros de tamaño muy superior al de la economía real. Con el reciente viraje histórico, las principales autoridades monetarias desarrolladas no dejan ahora lugar a dudas de que no quieren optimismos financieros en su lucha contra la inflación. Algunas opiniones apuntan a una preferencia por los mensajes duros frente a la posibilidad de utilizar políticas monetarias demasiado restrictivas y así evitar una recesión duradera. La resistencia que están demostrando las economías desarrolladas al absorber el choque energético y la subida de tipos es, desde luego, sorprendente. No sabemos si los bancos centrales tendrán que romper esa resistencia para reducir la inflación hasta el objetivo del 2%, provocando una recesión. Surgen ya voces autorizadas que piden objetivos monetarios superiores al 3%, en base al inflacionista envejecimiento de la población. Un ejemplo de cambiar las medidas si estas parecen inalcanzables, dirán los ortodoxos. 


Por desgracia, la experiencia de la última explosión inflacionista de similares dimensiones, la que tuvo lugar en los últimos años 1970, tardó casi una década en dominarse. Por ahora, los gobiernos industrializados siguen utilizando el gasto público para suavizar la situación ante una posible recesión, con paquetes de ayudas sociales y de ayudas de Estado al tejido productivo. Pero esa es una iniciativa contradictoria y contraria a los objetivos de los bancos centrales y difícil de financiar si la liquidez sigue cayendo. Una vez más, nos adentramos en contradicciones conocidas entre las políticas monetarias y fiscales, que históricamente se han saldado con el triunfo de las primeras. Aunque después de una tensión, a veces fuerte, a veces larga. La alternativa sería reducir la independencia de los bancos centrales e intervenir en los mercados bancarios. Palabras mayores, pero que ya empiezan a escucharse. 


Para muchos, 2022 fue un año de malas sorpresas tanto en la economía como en los mercados mundiales y locales. Pero el número y tamaño de las incongruencias con que ha arrancado 2023 son más que notables, receta segura de más problemas y menos crecimiento. La escasez de liquidez produce entornos duros para muchos, aunque sea propicia para los prestamistas. El crecimiento económico la suavizaría. Si no puede ser con dinero barato, que sea con reglas inteligentes para la inversión privada, que sigue recelosa de la regulación creciente. Hemos de reconocer que no estamos ante cambios temporales, sino ante nuevos modelos de políticas macroeconómicas, con Estados muy proactivos pero cargados de deudas. Tenemos tiempo para rumiarlo, pero cuanto antes lo hagamos mejor. 



viernes, 14 de octubre de 2022

Control de precios y subvenciones. Nada nuevo bajo el sol

 Rodrigo Rato 

15 de octubre de 2022 



Necesitamos urgentemente un debate a la americana, descarnado, sobre nuestro futuro energético común


Si nuestros padres o abuelos resucitaran hoy, seguro que se llevarían grandes sorpresas respecto al mundo en el que sus hijos y nietos viven. Reconocerían de inmediato el control de precios y las subvenciones, que ellos vivieron toda su vida. En efecto, la liberalización de mercados y la búsqueda de la máxima competencia en los precios son cosa relativamente reciente, más o menos desde la pasada década de los ochenta. Los norteamericanos con cierta edad recordarán el control de precios impuesto por Richard Nixon a principios de los setenta, los ingleses a finales de la misma década también lo intentaron. En realidad, a lo largo de la historia muchos, si no todos los gobernantes, los han aplicado. Algo así como la tercera recomendación al gerente de la Rusia soviética, la última y desesperada medida antes de dimitir, según el viejo chiste ruso de la época, cuando allí se podían hacer bromas.


Controlar los precios es una medida conocida, pero insostenible a medio plazo. Si fuera estable y eficiente, no se habría abandonado tantas veces. Además, resulta impracticable en un mundo globalizado de economías abiertas. Es ineludible que genere distorsiones al poder adquirir bienes o servicios por debajo de su coste. Emergencia es desde luego la palabra clave para justificar cualquier medida, sobre todo si le añadimos la palabra social. Y no cabe duda de que una crisis energética produce todo tipo de problemas, entre ellos sociales. Y estamos ciertamente en una, la más seria desde los años setenta, pero inevitablemente con características propias, entre ellas los riesgos medioambientales.


La raíz de los problemas

Precisamente, la confusión entre política medioambiental y la energética está en la raíz de parte de nuestros actuales problemas. Ambas son importantes y están fuertemente relacionadas, pero no son iguales. Es más, el empeoramiento de la segunda puede hacer inabordable la primera. El aumento del consumo del carbón en muchos grandes países emisores o la falta de nuevas inversiones en el sector del gas o del petróleo, incluso en el nuclear, auguran más emisiones y precios más altos en los próximos años, una endiablada combinación. Hace tres semanas, los productores norteamericanos de energía procedente del “fracking” dejaban claro que no vislumbraban nuevas inversiones, ante la falta de deseo de sus inversores de aumentar sus riesgos pese a los altos niveles de rentabilidad actualmente. La semana pasada, el ministro de Energía de Emiratos Árabes Unidos justificaba el recorte de la producción acordada por la OPEP en la necesidad de garantizar nuevas inversiones en el sector. Cuando no se encuentra dinero para ampliar actividades que son muy rentables es muy probable que la explicación esté en la regulación.


En este caso, los anuncios de prohibición y penalizaciones a los inversores en energías como el gas, nuclear o el petróleo en la próxima década se han entendido claramente por el mercado. Pretender impulsar nuevas conexiones transnacionales de gas por parte de Estados que quieren penalizar su uso en un plazo inferior a los diez años produciría ternura si no fuera chusco en un tema de gran transcendencia económica y social.

Subvenciones 

Los controles de precios traen aparejadas las subvenciones, medida que los países desarrollados llevan décadas desaconsejando a los países en desarrollo. Adicionalmente a la pérdida continuada de credibilidad de los primeros, incentivar el consumo de productos bonificando su coste real acaba indudablemente incrementando su consumo y por tanto el coste futuro de esas mismas subvenciones. Es cosa sabida, y hasta de cierta lógica, que los gobernantes están más interesados en el bienestar inmediato de sus ciudadanos que en la ortodoxia de sus políticas macroeconómicas. Pero olvidar que se avanza en un mundo de contradicciones crecientes tiene las patas muy cortas.

La virtud inevitablemente puede encontrarse en el camino de en medio. En los próximos meses los ciudadanos necesitaran ayudas, a ser posible bien diseñadas hacia los ciudadanos más vulnerables. Al mismo tiempo, será necesario plantear un mapa y un calendario de suministro energético realista, sostenible y coherente con las ingentes necesidades de inversión privada que son necesarias, incluida la política climática, pero también para mantener el crecimiento de la economía. Sin crecimiento no habrá política climática y es posible que lo mismo suceda también al contrario. Como estamos comprobando en la situación forestal española, el tiempo de las recomendaciones simples, bien intencionadas o no, ha pasado. Son necesarios planteamientos y políticas rigurosos y sostenibles, para empezar por las personas más directamente afectadas y técnicamente expertas. Una seria revisión y transparencia de los consejos medioambientales debe imponerse. Salir mucho en televisión no puede ser la garantía máxima de solvencia técnica. Nuestras universidades y empresas están dotadas del talento y el saber necesarios para hacer frente a este desafío, aunque no participen en sentadas y manifestaciones.

No es fácil desandar algunos de los dogmas que se han aceptado rápidamente. Pero es necesario hacerlo en determinados casos para conjugar las necesidades energéticas con las climáticas. Pocos sitios más representativos de este desequilibrio que la Unión Europea. Sus dirigentes parecen crecidos con su protagonismo en las recientes crisis de la covid y la guerra en Ucrania para demandar ahora poderes absolutos para futuras e indefinidas crisis. Pero la energía es mucho más compleja y está más ligada a las necesidades nacionales esenciales que las vacunas. Muchos votantes europeos, de norte a sur y de este a oeste, cada vez se inclinan más por posturas nacionales. Nadie puede esperar que no haya tensiones en el mayor experimento en la historia de integración de países. Desde la pesca a los fertilizantes, las previsiones de inflación pasando por las características técnicas de las chimeneas, la integración de empresas industriales o tecnológicas, la energía nuclear o el uso del gas, las autoridades europeas han dado repetidas muestras de estar lejos del acierto. Y ese es el único camino para ganar la credibilidad que los ciudadanos europeos demandan. Criticar a las instituciones europeas no equivale a ser antieuropeo, como también sucede a nivel nacional. Mejor que se vayan acostumbrado. Necesitamos urgentemente un debate a la americana, descarnado, sobre nuestro futuro energético común, con la participación de verdaderos expertos, si queremos tener un debate medioambiental.

Los controles de precios son solo una medida temporal donde al final siempre acaba aflorando el coste real. La subida del precio de la energía, sobre todo de origen fósil, era una realidad antes del estallido de la guerra en Ucrania. La falta de coherencia técnica y temporal entre la regulación y las necesidades reales es desde hace tiempo un mal de nuestros días. Pero en el ámbito de la energía resulta casi insoportable. Además, la línea divisoria entre subvenciones y ayudas de Estado es muy tenue. Según el economista danés Erik Nielsen, el conjunto de los países de la UE ha comprometido el 5% del PIB conjunto en ayudas a empresas y familias para compensar los altos precios energéticos. En el último mes Alemania ha aprobado hasta 300.000 millones de euros adicionales. Como siempre en la UE, el momento de hacer excesos es cuando los alemanes los hacen, después volverán a estar prohibidos. España carece de recursos públicos para realizar semejantes esfuerzos, son por lo tanto los fondos europeos Next Generation nuestra única y última oportunidad. ¿Seremos capaces esta vez de utilizar todos estos recursos a tiempo? Se admiten apuestas.

sábado, 30 de julio de 2022

Cambio en la Fiscalía General, ¿por qué no limpiar la casa?

 Rodrigo Rato

 25 de julio de 2022 


El Gobierno ha anunciado el cambio en la Fiscalía General del Estado, una de las responsabilidades jurídicas y políticas más relevantes. Una propuesta que ha recibido ya el aval del Consejo General del Poder Judicial, que en todo caso no es vinculante, como tampoco lo es la opinión del Congreso. Estamos pues ante una nueva etapa.

Momento único para plantearse qué cambios serían necesarios en esta institución para alejarla de los hábitos inquisitoriales y corporativos que la dominan. Yo no soy un jurista, pero los últimos diez años de mi vida he estado y estoy sometido a procedimientos penales en los que he descubierto realidades que desconocía en más 25 años de vida pública.

El principal obstáculo del nuevo fiscal serán los propios fiscales, cómodos y orgullosos por no tener en sus filas ni a uno solo de sus miembros condenado por algún motivo. Pero sin otra forma de ejercer sus responsabilidades, la calidad de nuestra Justicia se está resintiendo gravemente.

Todos los antecesores del nuevo fiscal general Álvaro García Ortiz han insistido en que las investigaciones prospectivas están prohibidas, como recoge la ley, aunque la Fiscalía General nunca ha denunciado que sean un delito cuando se efectúan, cosa que sucede con más asiduidad de la que se conoce públicamente.

Los tribunales desautorizan con demasiada frecuencia estas investigaciones realizadas por parte de determinados fiscales, unas rotundas descalificaciones que lamentablemente no llevan aparejadas ni siquiera la condena en costas a la Fiscalía. Buen momento para que el nuevo fiscal proponga una figura delictiva por la investigación prospectiva por parte de fiscales, o al menos sanciones reglamentarias muy graves y compensaciones a las víctimas. Todavía con más motivo debería pronunciarse respecto a las investigaciones secretas, a menudo denunciadas en sentencias pero sin consecuencias para los funcionarios que las ejecutan.

Las filtraciones de sumarios secretos son el delito más flagrante y menos perseguido de nuestra realidad jurídica. No es perseguido aunque se denuncie formalmente, con el argumento de que «se desconoce quién lo ha cometido». Razonamiento sorprendente porque sólo pueden ser responsables de su comisión el instructor o el fiscal.¿ Se comprometerá el nuevo fiscal general a su persecución automática, estableciendo un responsable directo en su equipo?

Sorprende mucho al conocer el estatuto fiscal la brevedad de los plazos de prescripción, que para las infracciones muy graves es de dos años desde su comisión. Si esto se compara con el promedio de instrucción de un sumario, se comprueba la imposibilidad material de que un imputado pueda hacer uso de este derecho. ¿Se atreverá el nuevo fiscal general a modificar estos plazos?

Según la memoria de la Fiscalía General, el número de causas pactadas se acerca al 50%. Es ésta una práctica extraña a nuestro ordenamiento, pero cada vez más usual. ¿No debería la institución darle máxima transparencia, especificando tipos, hechos, cuantías, para ofrecérsela a todo ciudadano, con una ventanilla pública al efecto?

Dentro de estos acuerdos muchos se producen con demasiada, muchísima frecuencia, con presos preventivos a los que se les ofrece, mientras están en la cárcel, un acuerdo de culpabilidad por el tiempo ya cumplido en prisión preventiva, más una multa simbólica. ¿Es legítimo negociar con una persona privada de libertad? ¿ No serán coacciones? ¿Cómo puede mantenerse una situación de prisión preventiva, que tiene tres causas tasadas, con este tipo de ofertas?

La Fiscalía General y todas sus fiscalías dependientes tienen cada vez medios humanos y técnicos más importantes a su servicio. Lamentablemente, estos siguen investigando cuando una causa cuando ya ha intervenido un juez, de espaldas al instructor y a la defensa. ¿Podría el nuevo fiscal general imponer criterios claros y transparentes sobre esta cuestión?

La jurisprudencia debería ser aplicada por la Administración de oficio, como también la prescripción. Máxime en un cuerpo jerarquizado como la Fiscalía. ¿Puede el nuevo fiscal general garantizar que será así, bajo responsabilidades disciplinarias y pagos en costa en caso contrario?

¿Las detenciones llevadas a cabo por los fiscales deben hacerse con la presencia de la prensa y ser previamente anunciadas? En España son numerosos los casos en los que las actuaciones de la Fiscalía Anticorrupción y de la UCO van acompañadas por cámaras de televisión. ¿Puede cambiar esta práctica el nuevo fiscal general?

La igualdad ante la ley es un principio fundamental de cualquier sistema democrático. Nuestro Tribunal Constitucional reiteradamente ha establecido que la discriminación por “alarma social” es inadmisible. Sin embargo, a menudo los fiscales utilizan este concepto en sus argumentaciones y no se oponen a su uso en resoluciones judiciales. Dado que la Fiscalía es un cuerpo jerárquico, ¿cambiará el nuevo fiscal general esta práctica?

En el debate público sobre la justicia en España sobresale la preocupación por su politización, pero quizás sea tan grave como eso el corporativismo. Suerte señor fiscal general, mucho del bien común depende de que su institución supere su estado actual. De usted depende.

viernes, 3 de junio de 2022

Un mercado bajista

Rodrigo Rato 

4 de junio de 2022 



Para muchos inversores y operadores de mercado las cosas han ido bastante bien desde principios de los años 80, cuando empezó el largo y continuado descenso de los tipos de interés. En el caso de los bonos del Gobierno norteamericano, desde cifras de dos dígitos superiores al 15% a cero. En el caso español, además de cambiar de pesetas a euros, desde 2014 por la acción del Banco Central Europeo muchas emisiones de nuestra deuda pública han sido a intereses negativos. En el caso del mundo, 14 billones de dólares estaban a intereses negativos el año pasado. Ahora prácticamente ninguna emisión pública lo está, con excepción de Japón. Según el «Financial Times» se han producido ya incrementos de tipos en 60 países.


Lo anterior no quiere decir que durante este largo periodo las bolsas no hayan tenido caídas, incluso significativas como en 2002, 2008 o 2020, pero siempre con rápidas recuperaciones hacia nuevos techos. Largos años de cada vez más beneficios bursátiles y menores tipos de interés. Lo nunca visto para inversores y deudores. Con la aparición en 2021 de inflaciones significativas, la situación ha cambiado de manera importante. Unido a una crisis energética mundial de las dimensiones setenteras, seguida de una guerra en Ucrania y una emergencia alimentaria. Las sucesivas redes de seguridad de los bancos centrales y gobiernos se están retirando. Ahora son el beneficio y el margen los que definen el valor de una compañía, además con una tasa de descuento sensiblemente superior al subir los intereses. Otro mundo.


10 años de parálisis en la UE

Inevitablemente, la mayoría de nosotros esperamos que las malas situaciones duren poco. Es más, pensamos que las cosas antes o después volverán a la «normalidad». Sin embargo, el principal mensaje de los mercados no es sobre una temporada bajista, más o menos larga. Es sobre un profundo y duradero cambio, además de un mercado bajista. Las dos principales economías del mundo, Estados Unidos y China, tienen problemas de inflación o de crecimiento, lo suficiente para producir importantes cambios en sus economías. China ha sido el responsable del 50% del crecimiento mundial los últimos 20 años. EE UU es el mayor importador del mundo. La tercera economía global, la Unión Europea, lleva más de 10 años estancada, sufre la peor guerra desde 1945, una necesaria y urgente transformación energética, junto con la inflación más alta en la historia del euro.


“Confluencia de calamidades”

Toda esta retahíla de tragedias, «confluencia de calamidades» en frase del Fondo Monetario Internacional, son plenamente conocidas. Es lo que ven los mercados y por eso son bajistas. Además, como consecuencia de las crisis, desde 2008 el nivel de deudas públicas globales esta cerca del 100% de la renta, en el 124% en los países desarrollados. El nivel mundial de deudas, públicas y privadas, supera ya el 250% del PIB mundial, alcanzando los 296 billones de dólares, según el Fondo Monetario Internacional. Situaciones que agravan las consecuencias de la subida del coste del dinero y la reducción de la liquidez. Malo para los mercados y para las políticas presupuestarias. La caída de la inversión privada, que llevamos años experimentando en la OCDE, ya no será compensada por el dinero ultra barato y la especulación. Quizás ha llegado la hora de preguntarse por qué los ahorradores de países ricos invierten fuera de sus economías, o al menos lo hacían hasta ahora en este siglo.


La gran revolución tecnológica no se traslada a la productividad o bien no sabemos medirlo. La regulación hace tiempo que ha dejado de ser atractiva para los inversores y estamos ya entrando en el llamado «estancamiento secular», tan anunciado por varios economistas norteamericanos. Así, si ya no son las expansiones monetarias y fiscales las que van a impulsar el crecimiento, solo lo hará un sostenido aumento de la productividad. Desde hace casi 40 años, además de la caída de los intereses, han sido los aumentos de la productividad originados por la mano de obra barata de los países emergentes los que lo han impulsado. Ese ciclo se ha frenado, sobre todo en China. Las recientes olas proteccionistas en los países desarrollados buscan la producción nacional, por razones electorales y de seguridad. No podemos quejarnos de tener más inflación si apostamos por los salarios de los trabajadores en vez de por los precios de los consumidores.


La factura energética

Pero el elefante en la habitación es la energía, como en los años 70. Un experto nada imparcial, pero conocedor, el ministro Saudí de petróleo, Abdulaziz Bin Salman, nos ha recordado recientemente que «si no fomentamos la inversión, obtendremos precios altos antes que superar el cambio climático». En ningún sitio es esto más evidente que en la UE, donde solo los objetivos medioambientales son evidentes, mientras las contradicciones con la realidad energética se disparan. En Europa y todavía más en el resto del mundo vivimos en economías que demandan más energía cada año. La supresión política del carbón y el petróleo, la indefinición sobre el gas y la energía nuclear, no se están cumpliendo. Mientras, se anuncian prohibiciones sobre los usos privados y empresariales de determinados combustibles, penalizaciones sobre su inversión, que representan más de un tercio de la oferta actual. Como el ministro saudí nos anuncia, interesadamente desde luego, los precios no dejan de crecer y con ellos la inflación. Una presión constante sobre los bancos centrales para subir tipos en economías que ya no están en expansión. Esto también lo ven los mercados y por eso son bajistas.


Mejores condiciones para la inversión en un mundo donde sobra ahorro deben ser una prioridad nacional. El reciente fracaso de los intentos de fijar un impuesto mínimo de Sociedades en la OCDE nos lo está diciendo. En el espacio de un año los países vuelven a buscar atraer inversiones. Pero no serán los impuestos bajos en un momento de grandes deudas públicas la principal solución, sino una regulación más inteligente y realista. El papel lo aguanta todo, pero el crecimiento económico no. En España, ningún gobernante parece ser consciente de que los plazos legales sólo se le aplican al ciudadano, pero no a las Administraciones, aunque el único inversor efectivo sea aquel. En esto también el tiempo es oro.


Una política de mix energética realista y coherente con los objetivos medioambientales y con el consumo actual es otra prioridad si queremos inversiones que bajen el precio de la energía hoy. Las trampas en el solitario no nos sacarán del mercado bajista actual. ¿Quién debería tener prisa y poner los medios? Pues eso.

martes, 8 de marzo de 2022

Guerra económica: el final de esta globalización

 Rodrigo Rato 

9 de marzo de 2022 


Coincidiendo con la emisión del estupendo documental “la primera globalización” de José Luis Linares, donde se analiza la unión económica de China con España en el siglo XVI, a través de la plata del Nuevo Mundo y unos navegantes prodigiosos, asistimos al fin de la más reciente globalización, la actual que empezó entre los años 1970 y 1980 del pasado siglo, incluso antes con el comienzo de las Rondas Uruguay y Kennedy, en plena Guerra Fría. 


Final no quiere decir desaparición. Muchas cosas de esta época van a perdurar, pero el predominio del libre comercio, del que se esperaban tantas cosas, ha quedado sometido no ya al proteccionismo, sino a la seguridad nacional. Cuando Donald Trump empezó a invocar este argumento casi todos los expertos alzaron ojos y brazos para denunciar su exageración. Sin embargo, estos días las democracias del mundo utilizan activos financieros y comerciales, públicos y privados, para enfrentarse a un adversario, la Rusia de Putin que por primera vez desde 1943 ha atacado militarmente las fronteras de un Estado europeo. 


Sin duda los valores de defensa de la libertad, integridad e incluso la vida de los ucranianos justifican las medidas. Los cambios en las reglas de relaciones económicas tendrán importantes consecuencias, a corto y a largo. Ya vemos unas subidas de precios energéticos de la intensidad y velocidad de las crisis del petróleo de los años 1970. Las tensiones inflacionistas, que, ya llevan un tiempo con nosotros, sea acrecentaran reduciendo aún más las rentas disponibles de los ciudadanos. Las recuperaciones materiales sobre los efectos de la covid se harán muy difíciles para aquellos países que aún no las hubieran conseguido. Retomar el nivel de expansión anterior a 2020 se ha vuelto casi imposible para todas las economías. 


La última globalización trajo crecimiento y empleo, menores costes y precios, con el incremento de la inversión y el comercio. Disminuyó la pobreza a nivel mundial, aunque la mano de obra industrial de los países desarrollados padeció una competencia en los salarios. Multinacionales y consumidores fueron los grandes beneficiarios, junto con la llamada economía financiera que se desarrolló varias veces por encima de la real. China y Estados Unidos comenzaron las primeras rondas proteccionistas a partir de 2017, centradas en subidas mutuas de aranceles. Ahora en un paso más se han introducido la guerra económica y Financiera sobre individuos y Estados, como alternativa a la utilización de las armas, desde luego mucho menos cruenta, pero con efectos transcendentales. 


Energía, finanzas, agricultura, inversiones y capitales han sido sometidas en días a las exigencias de seguridad nacional. Las economías desarrolladas parecen haber llegado a la conclusión de que el intercambio creciente de bienes y servicios resulta peligroso con determinados países con regímenes totalitarios. Según esta lógica el gas, el petróleo, el trigo o el girasol rusos engordan a un régimen amenazante, como también lo hacen sus inversores y turistas. Es más que relevante que las opiniones públicas occidentales han reaccionado de la misma manera que sus gobiernos, incluso se podría decir que estos se han visto forzados a actuar al ver a decenas de miles de votantes en las calles a favor de los ucranianos. Lo que no paso con georgianos, chechenos o sirios ha pasado ahora. La Rusia de Putin se ha convertido en el enemigo de los europeos, cuando hasta hace días nadie le prestaba atención, reconociéndole incluso fama de gran estratega. Las voces que argumentaban a favor de las demandas rusas han quedado anuladas ante las imágenes de guerra agresora y cruel por parte de los rusos sobre los ucranianos, quienes no dejan lugar a dudas de su firme deseo de ser independientes. 


Cabe la tentación de limitarnos a medir quien perderá más, partiendo de la base que serán los ucranianos. Es difícil saber si a los gobernantes rusos les importa la ruptura económica y financiera con Occidente, si la previeron, pero prefirieron actuar con la lógica de Catalina la Grande. Caben todas las opiniones, pero si el ministro francés de Economía tiene razón y 1.000 billones de dólares rusos se han visto afectados estamos ante un castigo económico muy considerable, para un país con una renta per cápita de 8.000 dólares anuales, que en 30 años desde la caída del comunismo se ha convertido en un gigante en la venta de materias, pero de poco más. Rusia no es China.


Es difícil separar todo esto de la decidida decisión de los gobernantes chinos de convertirse en la primera potencia mundial, tecnológica, económica y política e incluso financiera en los próximos decenios. Si Putin busca depender más de China que de la Unión Europea nadie nos lo ha dicho, pero es la dirección de los acontecimientos. La venta de energía y otras materias primas rusas sólo puede ir en esa dirección. El rublo no es ni será una moneda reserva, el renminbi quiere serlo respaldado por la primera economía del mundo medida en precios relativos. Los inversores rusos, grandes y pequeños, habían apostado sin embargo por Europa para invertir, acomodar sus ahorros, comprar sus casas y viajar. ¿Pensarán lo mismo de las oportunidades y garantías chinas?


Otros aspectos, los militares y los energéticos, también han variado. Alemania ha anunciado que invertirá más que Rusia en defensa cada año, los países europeos del Este harán lo que puedan y abrirán aún más las puertas a los soldados norteamericanos, con gastos pagados. China habla de 200 mil millones de dólares a invertir en defensa. La UE tendrá que desarrollar una política energética mucho menos dependiente de materias rusas, los inversores europeos en ese país tienen ya pérdidas considerables con el abandono de participaciones y redes comerciales como para volver en el corto plazo. Rusia no tiene ni el capital y ni los conocimientos para compensar en solitario estos abandonos. Los chinos podrían ser una ayuda, con dependencias políticas y económicas fáciles de imaginar, pero difíciles de entender. Mucho es ya inevitable. La guerra no ha acabado pero los costes económicos se están materializando muy deprisa. Nuestros modernos mercados financieros lo anticipan todo, esto también. 


La libertad económica mundial ha quedado supeditada a la seguridad nacional de los Estados antes de que los ucranianos hayan perdido la suya, que esperemos que para ellos no sea así. Para la economía mundial más inflación y menos crecimiento nos devuelve a los 1970. El Banco Mundial avisa de 57 millones más de pobres en el mundo. Nuestras políticas monetarias expansivas con muy bajos intereses y compras masivas de deuda pública, 12 billones durante la pandemia, aterrizan de repente en el más complicado escenario posible. Subir tipos aparece suicida mientras los precios sobrepasan en mucho los objetivos. Dejar de comprar deuda pública empujará a políticas fiscales restrictivas mientras nuestras economías padecen crecimientos débiles. Los grandes cambios políticos y sociales siempre se producen cuando las contradicciones económicas resultan insolubles. Todo apunta a que febrero de 2022 será un antes y un después de nuestra realidad.


jueves, 3 de junio de 2021

Razón de Estado

 Rodrigo Rato 

4 de junio de 2021 

En pocas cosas habrán estado de acuerdo todos los gobernantes españoles desde 1870 como en la prerrogativa del indulto. En estos 150 años las prioridades de los Gobiernos han variado de un lado a otro. Pero todos han retenido el poder de perdonar las penas impuestas por los tribunales, con el sometimiento al “interés general”, entendido según quien y como lo veía. No ha habido muchos casos como el de 2013 de  ver revocado  un indulto, en aquel Gobierno de funcionarios muchos juristas. La verdad es que en todos los países y en todas las épocas los Gobiernos han tenido y tienen este poder, un  rescoldo del “Ancien Regime” pre revolucionario. Una oportunidad de tomar decisiones por encima de las leyes.

Desde 1978 los gobernantes españoles se habían mantenido alejados de usarlo con fines estrictamente políticos, salvo ahora para “solucionar el conflicto catalán”. No pretende el actual Gobierno basarse en criterios jurídicos sino estrictamente políticos. Tampoco ha buscado el consenso con otros partidos nacionales, ni se basa en una promesa electoral, antes al contrario. El propio Tribunal Supremo, responsable de la sentencia del procés, le ha recriminado un autoindulto, habida cuenta que sus directos beneficiarios mandan sobre los partidos que mantienen al propio Gobierno. Es desde luego un camino sin retorno para sus protagonistas. Pedro Sánchez une su destino y el de su partido al resultado de concederlo. Es decir a un arreglo con los indepes. Estos ya han advertido que quieren más: una mesa de diálogo de igual a igual para convocar un referéndum. Este solo podrá ser consultivo y será exclusivamente en Cataluña. En base a su resultado se impondrá una solución política, la constitución de un Estado parasito.

Esta intención estaba en las llamadas leyes de desconexión aprobadas forzadamente por el Parlamento catalán en septiembre de 2017. Según ellas los ciudadanos de la nueva República mantendrían la doble nacionalidad, asegurándose así  la pertenencia a la Unión Europea y al euro,  junto con sus derechos como ciudadanos españoles aunque sus deberes serán con el Estado catalán, que heredaría  los activos y derechos del Estado español. Este por su parte  absorbería las deudas históricas de la Comunidad Autónoma de Cataluña y de sus Ayuntamientos. Bien pensado, no?

El Gobierno recuerda como precedente  la negociación con ETA de Rodríguez Zapatero, olvidándose que acabó con un atentado mortal en la T4 y que fue el siguiente Gobierno quien obtuvo el abandono incondicional de las armas por parte de los terroristas vascos. Ni una ley fue modificada para que esto sucediera, ni antes ni después. La sociedad española no se siente derrotada por ETA  y con razón. ¿Pasará lo mismo ahora?  Hay graves riesgos de que no sea así. Zapatero si legalizó Bildu, otra vez en contra de una Sentencia del TS, con el imprescindible concurso del Constitucional. ¿Están la mayoría de los españoles satisfechos de ello? Nadie lo sabe.

Es cierto que fue de Gaulle quien abandonó Argelia, Nixon Vietnam y Gobachov la Unión Soviética. Como lo es también que no a todos se lo agradecieron sus conciudadanos. Eran casos extremos, cabe preguntarse si los deseos de independencia en Cataluña lo son, ya que no son ni mayoritarios. En política los resultados pueden justificar los medios, si hay mayoría de satisfechos. De lo contrario la búsqueda de culpables es inexorable. En este caso es muy probable que en el conjunto de España no se produzca satisfacción mayoritaria. Además de la creación de un peligroso precedente para el futuro de la integridad territorial de España. Ni siquiera en Cataluña hay garantías de una amplia satisfacción. La manera de gobernar de los independentistas no ha sido hasta ahora muy inclusiva. Se aduce que los autores del indulto cuentan con que la memoria de los electores es flaca. Apuesta arriesgada donde las haya.

Puede que después de  los indultos el Gobierno se niegue al referéndum. Entonces habrá muchas tensiones, pero se habrá ganado tiempo y el fantasma de un futuro Gobierno del Partido Popular con Vox puede frenar muchos furores independentistas, aunque  también puede avivarlos para aprovechar una ocasión que se perciba como la última. Lo que no cabe duda es que el Gobierno Sánchez da un paso hacia lo desconocido e  inmanejable, en una situación económica y social muy difícil. Todos los malabaristas tienen un tope de bolas en el aire.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Monedas privadas

Rodrigo Rato 

27 de mayo de 2021 


No hay muchos activos que aumenten su valor de 1 a 40 en 7 años. La aparición hace 12 años de una moneda privada, solo existente en internet, de producción limitada pareció entonces  algo esotérico y marginal. Esta semana tanto las autoridades de Estados Unidos como las de China han actuado  decididamente contra ella. Su valoración se ha resentido pero todavía ronda los 40.0000 dólares, 1/3 menos que hace 3 meses pero 6 veces más que hace dos años, con 225.000 transacciones diarias. Todas las Autoridades Monetarias de los países más importantes han primero desaconsejado su uso para después limitarlo al máximo. Las razones son muchas.

Nada respalda el valor del Bitcoin sino la confianza en su futuro, inversamente proporcional a la desconfianza en las monedas nacionales, apoyadas en economías altamente endeudadas,  con poblaciones envejecidas. Todos somos testigos conscientes de que nuestros Gobiernos expanden el gasto para relanzar las economías, emitiendo deuda que compran los respectivos Bancos  Centrales. La principal economía del mundo, EE.UU., inunda los mercados con deuda en dólares en más de 2 billones de dólares por año. Los Gobiernos de varios países euro colocan la mayoría sino la totalidad de sus bonos en el Banco Central Europeo. Lo mismo sucede en Japón, cuyo Banco Emisor es el mayor tenedor de acciones en su bolsa. Nadie sabe el volumen de deterioros de la banca estatal China, pero no serán pequeños. Es cierto que las monedas nacionales están respaldadas por sus economías, pero también por su fuerza, aunque desde 1970 el oro abandonó su papel de respaldo ¿Será el Bitcoin el nuevo refugio?

También hay aspectos de opacidad que inicialmente jugaban a favor de la moneda digital privada, pero los últimos movimientos  oficiales en EE.UU. obliga a sus ciudadanos a declarar su propiedad. Pronto lo harán otras circunscripciones. Aunque su carácter privado y digital deja abierta posibilidades de cierta opacidad, casi imposible para las monedas reguladas. Por si fuera poco su producción es muy intensa en consumo de energía. El Bitcoin no es todavía un instrumento de cambio o de compra, los demás activos no se valoran por ellos. Es de momento un valor puramente especulativo, su precio está en las expectativas de ser un adelanto tanto de fuerzas negativas como positivas: las  futuras quiebras de los Estados y el dinamismo de la economía digital. Hipótesis las dos muy especulativas, pero que recogen percepciones reales.

El aspecto digital ha sido recogido por los Estados que anuncian ya la emisión de sus propias monedas digitales, con efectos muy profundos para sus sistemas bancarios cuyo papel en la creación de liquidez y manejo de los instrumentos de pago y ahorro puede verse seriamente comprometido, ante la alternativa de monedas digitales de cada Banco Central. Al fin y al cabo si la digitalización reduce e incluso elimina la intermediación en la economía, parece inevitable que también afecte al negocio bancario. Una de las  fuerzas que empuja a retrasar las monedas nacionales digitales, mientras el Bitcoin y otros intentos presionan en la dirección contraria. 

La erosión del dólar como moneda global dispararía las alternativas privadas. Sus dos posibles sucesores, el euro y el reminbi,  carecen de la confianza necesaria para ocupar plenamente su puesto. El primero no tiene todavía un mercado único bancario ni de capitales. El segundo está demasiado sometido a las necesidades políticas del Partido Comunista Chino. Así es más que posible un largo mantenimiento  del papel global del dólar, perdiendo protagonismo y atractivo, máxime cuando sus Autoridades no lo quieren demasiado fuerte y sus ciudadanos no ahorran lo suficiente para financiar su propio crecimiento. Quizás fue muy prematuro considerar al Bitcoin como algo asentado, pero es difícil sentenciarlo ya. La desintermediación  digital también llegará a los monopolios estatales. De estos la emisión de moneda es el más significativo. La crisis financiera del 2008 sepultó muchas confianzas. Todavía no conocemos cuantas.

jueves, 20 de mayo de 2021

La gran apuesta

 Rodrigo Rato 

21 de Mayo de 2021 

No se trata ya de adivinar quien ganará la guerra tecnológica entre China y Estados Unidos, ni si Rusia y la Unión Europea se enfrentarán por Ucrania, tampoco la posibilidad de una guerra de Israel con Irán y como intervendría Arabia Saudí en su caso, ni siquiera el valor de equilibrio del Bitcoin. Donde se concentran las miradas y las apuestas es en la evolución de la inflación y sus consecuencias, en un mundo muy endeudado, sobre todo las economías emergentes y los Estados desarrollados. El fin de unos tipos de interés históricamente bajos, incluso en cero o negativos, revertiendo el ciclo de los últimos 30 años, tiene a las mentes concentradas.

La inflación es un viejo conocido de las economías, que causaba monumentales pérdidas de poder adquisitivo y exigía políticas fiscales austeras. Su importancia fue cayendo, pasamos de los dos dígitos anuales en la mayoría de los países en los 1980 al riesgo de deflación después de 2008. La competencia globalizada  y la desregulación frenaron el crecimiento de los salarios en los países desarrollados. Crecimientos económicos moderados y la eficiencia energética frenaron el precio del petróleo. Ni siquiera el boom de materias primas provocado  por China a partir del año  2000 elevaba los precios al consumo. Las expectativas de inflación de consumidores y mercados estaban ancladas en los objetivos de los Bancos Centrales, alrededor del 2% anual en los países desarrollados. En los emergentes  alzas de  dos dígitos anuales se convirtieron en excepción. 

Pero las cosas pueden haber cambiado. China lleva varios meses con los precios al consumo en alza, EE.UU están en el 4% y puede superarlo en 2021 en una expansión económica del 6%, todas las materias primas llevan meses con  alzas de dos dígitos. Sin embargo, empleo y salarios todavía no se han recuperado. Si Norteamérica es un ejemplo, se ofrecen empleos pero muchos exigen nuevos conocimientos. El desánimo reduce las poblaciones activas porque algunos dejan de buscar. Pero la gran cuestión está en los Bancos Centrales, que a lo largo de los últimos dos decenios han pasado de vigilar  en exclusiva la inflación a tener un ojo y medio en la estabilidad de los mercados financieros, cuyo desarrollo es uno de los grandes acontecimientos junto con la globalización del último tercio del siglo XX. Todo ello mucho más en EE.UU que en Europa o China, pero la dirección es la misma.

Estos mercados han sido y son los grandes beneficiarios de las políticas monetarias expansivas y los ultrabajos intereses, utilizados para salir de la Gran Recesión de 2008. Salimos pero con mucha mayor desigualdad a favor de los inversores financieros. En 2020, la COVID trajo además un activismo fiscal no visto desde los 1960. No quedaba otra con caídas del PIB en todo el mundo. Trump bajo impuestos y Biden aumenta los gastos, los dos a lo grande. El déficit público de EE.UU rondará el 10%, el mundo está inundado de deuda pública norteamericana cuando ni demócratas ni republicanos quieren un dólar fuerte. La masa monetaria en sentido amplio crecía al 6% los últimos años, en 2021 crecerá al 28%. Para unos con esto basta para predecir inflación sensiblemente por encima del 2%. Para otros sin una explosión de salarios, incompatible con el actual nivel de desempleo, los precios subirán pero solo momentáneamente. Las expectativas de inflación prevén una inflación del 3% o más. La Reserva Federal anunció al final del pasado verano que no reaccionará si se supera su objetivo del 2% anual, habida cuenta en casi 10 años no lo ha alcanzado. En la zona euro esto es aún peor, la inflación subyacente no supera el 1% desde hace mucho más tiempo.

Los masas son extraordinarias. Incluso con intereses históricamente bajos, la deuda pública comprada por los  principales Bancos Centrales ha multiplicado sus balances por tres. Italia, por ejemplo, ha vendido al Banco Central Europeo la totalidad de su emisión neta de deuda, desde 2014. Con estas dimensiones pequeñas subidas de tipos pueden convertir el servicio de la deuda en una gran losa. La crisis del 2020 deja  grandes deudas privadas  también. El peso del mercado del dólar es irresistible. Cuando sus tipos a largo han empezado a subir arrastrando a los del euro, pese a que allí se crece bastante y aquí no. Las materias primas suben en parte por  una capacidad productiva estancada desde hace años por falta de inversión, pero también por China y EE.UU. que recuperan ya su nivel económico pre 2019. Gran noticia!!, pero puede que incompatible con  tan bajos intereses. ¿Qué nos viene mejor dinero  muy barato o  fuerte crecimiento económico? Los mercados parecen preferir lo primero, que es lo que llevan disfrutando 10 años. Los Gobiernos quieren las dos cosas. Los banqueros centrales temen no tener ninguna.

Quizás la respuesta está más en la historia que en la teoría económica. Las grandes aumentos de deuda se saldan o con crecimiento o con inflación o dejando de pagar. A veces una detrás de otra. La zona euro va con retraso en crecimiento y no tiene inflación, si descontamos la energía, pero las montañas de dinero arrastran a todos. Mal momento para no saber que hacer. Lo peor sería acabar con tipos al alza con poco crecimiento. Sería mala suerte pero no es imposible.